sábado, 11 de noviembre de 2017

LA NOCHE DE LOS NAHUALES


Benjamín M. Ramírez

DÍA DE MUERTOS  EN UN PAÍS DE MUERTOS

¿Qué es la muerte? ¿Un paso, un peso, un beso, un suspiro o un estertor…? Ya en el monólogo de Hamlet, W. Shakespeare afirmaba: “morir, dormir:”

¡Morir..., dormir! ¡Dormir!... ¡Tal vez soñar! ¡Sí, ahí está el obstáculo! ¡Porque es forzoso que nos detenga el considerar qué sueños pueden sobrevenir en aquel sueño de la muerte, cuando nos hayamos librado del torbellino de la vida! ¡He aquí la reflexión que da existencia tan larga al infortunio! (SHAKESPEARE, 2010)

En días pasados  en todo el país se celebró el día de todos los santos y el de los fieles difuntos, fecha signada por la iglesia católica como días festivos. Dos fiestas completamente diferentes por la naturaleza que se le ha asignado pero que la conseja popular concede los títulos para el 1 de noviembre como el día de los muertos chiquitos, los niños, los angelitos difuntos, y el día 2 de noviembre, como el día de los difuntos adultos.

Hoy pretendo abordar sobre la naturaleza misma de la muerte en un país asolada por la huesuda y su guadaña.

Octavio Paz en su obra “El laberinto de la soledad” explica esta relación del mexicano y la muerte: “LA MUERTE es un espejo que refleja las vanas gesticulaciones de la vida. Toda esa abigarrada confusión de actos, omisiones, arrepentimientos y tentativas —obras y sobras— que es cada vida, encuentra en la muerte, ya que no sentido o explicación, fin” (PAZ, 2014, pág. 25).

Sin duda, el país ha sido asolado encarnizadamente por hechos violentos cuya cifra de vidas perdidas asciende a cientos de miles de muertos en los tres últimos sexenios. La guadaña no ha dado tregua a un número importante de hogares mexicanos, tan sólo en los decesos de forma violenta, homicidios dolosos, la cifra ya es alarmante.

Ante la muerte Octavio Paz afirma: 

Frente a ella nuestra vida se dibuja e inmoviliza. Antes de desmoronarse y hundirse en la nada, se esculpe y vuelve forma inmutable: ya no cambiaremos sino para desaparecer. Nuestra muerte ilumina nuestra vida. Si nuestra muerte carece de sentido, tampoco lo tuvo nuestra vida. Por eso cuando alguien muere de muerte violenta, solemos decir: "se la buscó" (PAZ, 2014).

            Las mil y una explicaciones que brinda la autoridad ante la ola creciente de violencia generalizada a lo largo del país, de frontera a frontera, de costa a costa, «daños colaterales», expresado por el ex-presidente Felipe Calderón, o «se relaciona con el crimen organizado», de la actual administración sumen en una profunda crisis a miles de hogares que han visto truncada la vida de un ser querido.

Y lo vemos como algo natural. El obrero, el estudiante, el ama de casa, la jovencita, la niña, alcanzados por una bala perdida o asaltados y privados de la vida de forma artera y ruin por las escasas pertenencias que le son arrebatadas al mismo tiempo que la vida. Ante ello se confirma el dicho que “vale más la bala que la vida que mata”.

¿Qué es la muerte? Sin duda, usted amable lector, ha tenido alguna idea suicida a lo largo de su vida, en los momentos más difíciles y álgidos de su existencia. La muerte nos es tan familiar que convivimos y la invocamos como fuente primitiva de inspiración y solución a libre demanda.

“¡Quiero morir!”, “¡Me quiero matar!”, “¡Trágame tierra!” constituyen la fórmula milagrosa, de alquimia, la quinta esencia, que libra a propios y extraños del sufrimiento. Porque se muere de dolor y de preocupaciones, de deudas y traiciones, de decepciones y hartazgos. No se muere por placer, al menos que exista algún cable desconectado en nuestro cerebro.

Convivimos con la huesuda a diario, como compañera eterna e inseparable hasta la muerte. Algunos la veneran. Otros más la repudian, otros la desean.

Historias de decesos ilógicos, trágicos, estúpidos, insulsos y simples vienen a mi memoria. Como la del joven epiléptico que sufre sus ataques estando a la orilla del río, o el del pozo artesiano. Los dos caen, no reciben auxilio. Mueren de la forma más irónica de la vida. El joven a la orilla del río le bastaba haber caído de espalda o que su cuerpo cayera paralelo a la corriente del río. Se ahogó. La profundidad del agua era sólo una nariz. El joven del pozo le bastaba caer de costado y no de frente. Aún puedo escuchar los gritos aterradores de su madre, sus hermanos… y la terrible pregunta ¿Por qué?

O quizá la muerte del niño que es jalado hacia el fondo del pozo artesiano por el peso del balde de agua. Cae. Intenta mantenerse a flote. Respira. Traga agua. Al final sucumbe con los pulmones reventados. Veo el hilillo de sangre por nariz y oídos. O la familia entera que fue arrastrada por la corriente en la playa. Incapaces, unos con otros de poder auxiliarse. Todos ven como se alejan de la orilla. Los cuerpos se hunden una y otra vez.

Más irónico es el deceso de la niña de doce años que, regañada por sus progenitores, decide cortar su existencia pero no la relación de noviazgo que sostenía con un hombre mayor y que no fue aprobada por sus padres. Colgándose dentro de la habitación, así los castigaba, prolongando una ausencia sin retorno. La navidad para sus padres ya no sería un día de regocijos y de regalos.

La muerte es irónica y se regocija en la desgracia, como la provocada al joven que fue atacado por un vicioso que le pidió cinco pesos para la “malilla”, la del estudiante que se opuso a ser robado, la de la abuela que impidió la sustracción de la nieta, todas esas vidas segadas por el precio de una bala. O la del sobrino que estrelló su vehículo contra un árbol.

Irónica y desgraciada: como la muerte del joven que se registra cuando es obligado por su instructor a meterse al agua sin saber nadar. Una ola arrastra su cuerpo mar adentro. Su cuerpo aparece tres días después. Después de las vacaciones de semana santa  paso lista. Lo nombro tres veces, el grupo guarda silencio. Una voz en el fondo se escucha. «Murió». «Se ahogó»

Opongo lo anterior a las palabras de Octavio Paz en “El laberinto de la soledad”:

“Y es cierto, cada quien tiene la muerte que se busca, la muerte que se hace. Muerte de cristiano o muerte de perro son maneras de morir que reflejan maneras de vivir. Si la muerte nos traiciona y morimos de mala manera, todos se lamentan: hay que morir como se vive. La muerte es intransferible, como la vida. Si no morimos como vivimos es porque realmente no fue nuestra la vida que vivimos: no nos pertenecía como no nos pertenece la mala suerte que nos mata. Dime cómo mueres y te diré quién eres” (PAZ, 2014).

El mexicano ha festejado su propia desgracia en un país devastado por la siembra de cadáveres, en los pasados días santos. Todos al final morimos, la llevamos inscrita en nuestro sino puesto que para morir nacimos. En otras culturas la muerte es tabú, no se le menciona, ni se le invoca, se le teme.

            Refiere Octavio Paz:

El mexicano, en cambio, la frecuenta, la burla, la acaricia, duerme con ella, la festeja, es uno de sus juguetes favoritos y su amor más permanente.
Cierto, en su actitud hay quizá tanto miedo como en la de los otros; mas al menos no se esconde ni la esconde; la contempla cara a cara con impaciencia, desdén o ironía: "si me han de matar mañana, que me maten de una vez”.

¿Quién pagará por los constantes asesinatos registrados en los últimos 17 años? ¿Estaremos frente a un genocidio? ¿Se pone en marcha la “tala humana”? ¿Se puso en marcha la doctrina del Shock? ¿Llegó la época de la cacería de lobos y liebres? ¿Se alzará la voz profética de Amós, o el de Isaías 51, 3?

Ciertamente el SEÑOR consolará a Sion, consolará todos sus lugares desolados; convertirá su desierto en Edén, y su yermo en huerto del SEÑOR; gozo y alegría se encontrarán en ella, acciones de gracias y voces de alabanza.

Lo que si es cierto es que la ola de violencia que cobra a diario decenas de vidas, justificadas o no, demuestra la urgente necesidad de replantearnos el valor de la vida, en su justa dimensión para hacer de esta tierra, nuestra tierra, un paraíso de convivencia sin dejar el eterno sueño de vivir en paz.

Apunte final, a manera de pregunta:

¿La iglesia ortodoxa, junto a su titular, su beatitud Juan X, le está brindando ipso facto el espaldarazo de esta institución eclesiástica al actual secretario de Hacienda, Antonio Meada, de ascendencia libanesa?

            Si al enorme cementerio que se llama Veracruz lo gobierna la familia libanesa de los Yunes, por qué el país no podrá ser gobernado por un Kuri, de creencia ortodoxa.




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