miércoles, 13 de diciembre de 2017

LA NOCHE DE LOS NAHUALES


Benjamín M. Ramírez

+ INFAMIA DE UNA TRAICIÓN

Eran dos candidatos. Uno sin la fuerza natural propia del liderazgo y el otro, que arrastraba a propios y extraños ante la creciente ola de inconformidad de los aconteceres cotidianos de injusticia e inseguridad. El primero tenía la fuerza que impone el dinero y la red de relaciones con actores políticos, los seccionales, según el argot priista. El segundo carecía de lo que tenía el primero y le escaseaba el dinero. Amén de la ola de fiscalización por parte del extinto IFE.

   Necesito muchas facturas, me susurraba al oído.

Dos actores, dos posibilidades de triunfo. La clave estaba en como jugaban las cartas con las que contaban.

Ya en el fragor de las campañas, el candidato del partido oficial “no pegaba”, “no conectaba”, le fallaba el discurso, le molestaban los “baños de pueblo”, las personas que se acercaban a sus “eventos”, buscaban “algo” para llevarse a casa. Y lo obtenían. Él era muy generoso. Le sobraba el dinero y el IFE no le “molestaba”. Contaba con todo para “comprar” los votos y “asegurar” la elección.

En cambio, el candidato de oposición arrastraba multitudes. La dinámica era la misma. Los seguidores buscaban “ese algo” que llevar a casa, desde una playera, una gorra o un platillo de barbacoa, aunque fuera frío; algo que demostrara la generosidad del candidato en ciernes porque probablemente después de esa multitudinaria reunión ya jamás lo volverían a ver. Nunca lo consiguieron.

Él era un buen candidato, de ideas firmes, de convicciones diáfanas, lumínicas, confiables.

En muchas conversaciones me confiaba: “realmente quiero un cambio verdadero, luchar para atender a tantas necesidades que tú y yo muy bien conocemos, construir las bases de un verdadero desarrollo, darle las herramientas necesarias a tantas personas para que sean los artífices de su propia liberación”. De férreas convicciones, hombre de una sola pieza y palabra empeñada, comprometido con lo que decía y hacía, luchaba solo en contra del aparato oficial.

   “Tenemos seguros tantos votos”, “arrasaremos en esta elección de forma histórica”, “le daremos sentido y atenderemos tantas necesidades de la población”.

Era el candidato ideal para ganar pero le faltó dinero, perfidia y malicia. Le sobró honestidad, integridad, pureza y confianza.

Entonces tuve el atrevimiento de recitarle el poema del inmortal Humberto Burguete Pedrero —aquel que me animara a presentar una cosmovisión personal, sin ambages—,  Huarichi: Causa sin cauce

Cuídate de los enanos
que fingen alturas
poniéndose zancos.

Mídelos por lo profundo
de sus huellas,
por el polvo
que agitan en su camino.

Busca a los hombres
cuya altura
se mide con sextante
y sus huellas sean claras,
limínicas, confiables…

Que su verbo
sea común en los humildes,
y su voz
haga eco en las estrellas.



Probablemente el tiro de gracia para mí fue el decirle que no se confiara. Que la elección se definía la noche del sábado —la elección siempre se da en domingo—, que no habría que confiarse demasiado, que, aunque los operadores llegados de la ciudad de México eran buenos, no conocían las diversas maneras del reaccionar de las personas; era el voto verde y, de antemano, manipulables hasta el hartazgo. Era la reserva electoral del sistema. Las multitudes no votan, acoté.

Se alejó molesto, dando por terminaba la conversación y –nuestra amistad—. Eran más de las tres de la mañana del día seis antes de la elección. Estábamos en la recta final de la campaña.

Las multitudes lo seguían. Reunión tras reunión con “las bases” “los comités de base”. Militantes del partido oficial que de noche a la mañana se volvían en contra del sistema por tantos años de abandono, de mentiras, de promesas vanas, incumplidas, el hartazgo social al límite.

   Dile que no se confíe. —El recado llegó anónimo—.
   Es bueno pero no tiene malicia.
   Ya están hablando con fulano.
   Ya zutano fue a ver a mengano.
   Perengano hizo tratos con su hermano.
   Hay acuerdos. Va a perder. Tenemos más de 12 mil votos a favor.
   Son muchos. Balbuceé. Tenemos a una inmensa mayoría. Los seccionales están con nosotros. Incluso la CNC ya nos ha respaldado públicamente. Amplios sectores nos dijeron que podemos contar con ellos. Nuestra reserva es por 36 mil, menos la mitad, ganamos por seis mil.
   Bueno. Te advierto que por la noche del sábado repartirán fertilizantes, machetes, “trapalas”, azadones, pesticidas, dinero. Manda a tus “orejas”. Corrobora. A ti te tiene confianza. Te hará caso.
   Debes hacer algo. Lo traicionarán.

Lo sospechaba. Estaba en la congeladora. Ya no se me permitía tener acceso a determinadas reuniones, incluso ni siquiera podía sugerir “ajuste de tiempo” en la agenda de campaña.

—Está molesto por lo que le dijiste. Y ha preguntado si “en verdad estás con él o pretendes boicotearlo.  De hecho pretende apartarte de la campaña. Ya no te necesitamos. Tú sabes cómo es esto. Es mejor que te vayas a tu casa. No haces falta.

   La verdad siempre tiene sus riesgos.

Desde el rincón más apartado del distrito me llegaron mensajes a mi teléfono fijo y al móvil. Te va hablar fulanito para decirte que ha cambiado de opinión. —Que le han dicho cosas feas de tu candidato. Que ya lo pensaron mejor y que probablemente no salgan a votar para no traicionarte a ti ni a tu candidato.

   Que no te sorprenda, pensé. En política siempre se puede esperar esto y más de ambos bandos. Lo crucial es diferenciar entre quien dice la verdad y quien te engaña.

Timbró el teléfono. Primera llamada, la noche del sábado y madrugada del domingo de la elección.
   En verdad nos da pena decirte pero tu candidato —antes era nuestro candidato—, no nos ha dado nada. Ni una lima, ni un machete. En cambio, mi candidato ya nos entregó fertilizantes, machetes y la asamblea ejidal es la que manda.
   A propósito, tu representante te manda a decir que mandes a otro porque irá a atender a su ganado y el suplente dice que no cuentes con él —la razón,  quinientos pesos por no asistir—.

Las llamadas fueron llegando a cortapisa. Uno a uno se excusaba. Los votos verdes se fueron diluyendo y evaporando durante el transcurso de la madrugada. —Tenemos el voto urbano, acoté de pronto. Aquí no nos fallarán—.

El día de la elección fue un desastre. El favorito se fue al segundo lugar, luego de que las encuestas le daban por ganador. La diferencia de votos fue de tres a uno. Me molesta tener siempre la razón.

Lo mismo pasará en la elección de 2018. Las multitudes y su hartazgo no salen a votar. En una democracia tan amañada como la nuestra se gana con votos, incluso con uno. El sistema le apuesta a que el imaginario social no vote. A pesar de las inconformidades y todas las lacras sociales que las asedian, que aniquilan y embrutecen. En suma, el pueblo gusta de sufrir y es incapaz de quitarse el yugo de la opresión.

Se debe cuidar el voto. López obrador, en 2006, estaba encima del millón de sufragios para las tres de la tarde. Para las diecisiete horas la ventaja se redujo a quinientos mil. El PANAL mandó dos votos, en cada casilla del país, antes de las seis, para asegurar la elección. El PRI no necesita a los rusos para ganar. Le basta y sobra Hildebrando Inc.

Para derrotar al sistema hay que anticipar su jugada, como la del EDOMEX, MONEX, Tarjeta Rosa…

El problema es que AMLO no le entra a los pactos, no negocia. O sus operadores lo engañan.

¿Por qué Cuauhtémoc Cárdenas no se une con AMLO? ¿Y Mancera? ¿Traición a Marcelo?


Para tener éxito debes ser imprevisible. 

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